El buen Pastor

EL EVANGELIO ILUMINA A TU FAMILIA

Domingo 22 de abril de 2018 – 4to. Domingo de Pascua

Evangelio según san Juan 10, 11 – 18

 

El buen Pastor

11 Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas.

12El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo

las abandona y huye. y el lobo las arrebata y la dispersa. 13 Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.

14 Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí  15 –como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre– y doy mi vida por las ovejas.

16Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.

17El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla.

18Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre».

                   Palabra del Señor

 

Reflexión y preguntas

        La figura del pastor era muy familiar en la tradición de Israel. Moisés, Saúl, David y otros líderes habían sido pastores. Al pueblo le agradaba imaginar a Dios como un «pastor» que cuida a su pueblo, lo alimenta y lo defiende.  Con el tiempo, el término «pastor» comenzó a utilizarse para designar también a los jefes del pueblo.  Cuando en las primeras comunidades cristianas comenzaron los conflictos y disensiones, los seguidores de Jesús sintieron la necesidad de recordar que sólo Él es el modelo del Buen Pastor, el que actúa sólo por amor, el que se entrega a las ”ovejas perdidas de Israel”: las más débiles, las más descarriadas.       Y la vocación al sacerdocio se trata de seguir ese modelo de buen pastor, el que siempre trata a sus hermanos con cuidado y amor, la invitación a entregarse a la humanidad como lo hizo Jesús.

            La familia ocupa un rol fundamental en el surgimiento y desarrollo de las vocaciones al sacerdocio y la vida religiosa.

            En primer lugar porque en ella se descubre la dignidad de la vida humana proveniente del amor de Dios que se plasma en el amor de los padres a los hijos. Saberse profundamente amado otorga alegría, serenidad y solidez anímica para escuchar la voz de Dios que llama a dar la propia vida por amor, discerniendo cómo llevar a cabo un proyecto de vida que apunte a la multiplicación de los dones recibidos para el bien propio y el de la comunidad. 

            En segundo lugar, una familia que vive valores como la fe, la solidaridad y el espíritu de colaboración mutua abre el corazón de los jóvenes a una gozosa actitud de servicio que es, al decir del Papa Francisco, saber “salir de sí mismos”, venciendo la “autorreferencialidad”, para ir al encuentro de Dios y el prójimo a través de una vocación que comprometa toda la vida, sin temores y con grandeza de espíritu.

           

  1. ¿Se dan en nuestra familia las condiciones necesarias (fe celebrada, alegría de compartir, capacidad de escucha) que favorezcan un eventual surgimiento de  vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa?

 

  1. ¿Estaríamos contentos si uno de nuestros hijos o hijas manifiesta el deseo de consagrarse a Dios?

 

Señor Jesús,

Que nosotros como familias cristianas y

que quienes ya abrazaron la vocación religiosa,

seamos propulsores creíbles de nuevas vocaciones



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