Comunicar la Fe

Desde nuestro espacio de Pastoral Familiar queremos aportar a la reflexión sobre una de las actitudes primordiales de quienes profesamos la fe cristiana: el comunicar la verdad de Dios.
Fuimos convocados a anunciar a ese Dios en el que tenemos fe, pero ¿cómo hablar de Dios en nuestro tiempo? A continuación, aportamos una respuesta a esta pregunta.

Hemos dividido la siguiente reflexión en dos partes:

  1. La primera es genérica: se refiere a nosotros como fieles creyentes, como miembros de una comunidad.
  2. La segunda parte se refiere específicamente al anuncio en nuestra propia familia.

Dios quiera que este material nos ayude a cumplir con esa misión de todo cristiano.


Primera Parte: Cómo comunicar la verdad de Dios
La primera condición para ser anunciadores de la Buena Nueva es la escucha de cuanto ha dicho Dios mismo.
En Jesús de Nazaret encontramos el rostro de Dios, que ha bajado de su Cielo para sumergirse en el mundo de los hombres, en nuestro mundo, y enseñar el “arte de vivir”, el camino de la felicidad; para liberarnos del pecado y hacernos hijos de Dios. Jesús ha venido para salvarnos y mostrarnos la vida buena del Evangelio.
Hablar de Dios quiere decir, ante todo, tener bien claro lo que debemos llevar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo: no un Dios abstracto, una hipótesis, sino un Dios concreto, un Dios que existe, que ha entrado en la historia y está presente en la historia: el Dios de Jesucristo como respuesta a la pregunta fundamental del por qué y del cómo vivir. Por esto, hablar de Dios requiere una familiaridad con Jesús y con el Evangelio.

Al hablar de Dios, en la obra de la evangelización, bajo la guía del Espíritu Santo, es necesario una recuperación de sencillez, un retorno a lo esencial del anuncio: la Buena Nueva de un Dios que es real y es concreto, un Dios que se interesa por nosotros, un Dios-Amor que se hace cercano a nosotros en Jesucristo hasta la Cruz y que en la Resurrección nos da la esperanza y nos abre a una vida que no tiene fin, la vida eterna, la vida verdadera.

Comunicar la fe, para San Pablo, no significa llevarse a sí mismo, sino decir abierta y públicamente lo que visto y oído en el encuentro con Cristo, lo que ha experimentado en su existencia ya transformada por ese encuentro. Y esto vale también para las comunidades cristianas: están llamadas a mostrar la acción transformadora de la gracia de Dios, superando individualismos, cerrazones, egoísmos, indiferencia, y viviendo el amor de Dios en las relaciones cotidianas. Preguntémonos si de verdad nuestras comunidades son así. Debemos ponernos en marcha para llegar a ser siempre y realmente así: anunciadores de Cristo y no de nosotros mismos.
En este punto debemos preguntarnos cómo comunicaba Jesús mismo. Jesús en su unicidad habla de su Padre y del Reino de Dios, con la mirada llena de compasión por los malestares y las dificultades de la existencia humana. Habla con gran realismo, y diría que lo esencial del anuncio de Jesús es que hace transparente el mundo y que nuestra vida vale para Dios. Jesús muestra que en el mundo y en la creación se transparenta el rostro de Dios y nos muestra cómo Dios está presente en las historias cotidianas de nuestra vida.
Siguiendo el estilo de Jesús, para nosotros, cristianos, nuestro modo de vivir en la fe y en la caridad debe ser un hablar de Dios en el hoy, mostrando, con una existencia vivida en Cristo, la credibilidad, el realismo de aquello que decimos con las palabras. Al respecto debemos estar atentos para percibir los signos de los tiempos en nuestra época, o sea, para identificar las potencialidades, los deseos, los obstáculos que se encuentran en la cultura actual, en particular el deseo de autenticidad, el anhelo de trascendencia, la sensibilidad por la protección de la creación, y comunicar sin temor la respuesta que ofrece la fe en Dios

Segunda Parte: Cómo comunicar a Dios en nuestra familia

También en nuestro tiempo un lugar privilegiado para hablar de Dios es la familia, la primera escuela para comunicar la fe a las nuevas generaciones. Los padres están llamados a redescubrir esta misión suya
En esta tarea es importante ante todo la vigilancia, que significa saber aprovechar las ocasiones favorables para introducir en familia el tema de la fe y para hacer madurar una reflexión crítica respecto a los numerosos condicionamientos a los que están sometidos los hijos. Esta atención de los padres es también sensibilidad para recibir los posibles interrogantes religiosos presentes en el ánimo de los hijos, a veces evidentes, otras ocultos.
Además, la alegría: la comunicación de la fe debe tener siempre una tonalidad de alegría. Es la alegría pascual que no calla o esconde la realidad del dolor, del sufrimiento, de la fatiga, de la dificultad, de la incomprensión, y de la muerte misma, sino que sabe ofrecer los criterios para interpretar todo en la perspectiva de la esperanza cristiana. La vida buena del Evangelio es precisamente esta mirada nueva, esta capacidad de ver cada situación con los ojos mismos de Dios. Es importante ayudar a todos los miembros de la familia a comprender que la fe no es un peso, sino una fuente de alegría profunda: es percibir la acción de Dios, reconocer la presencia del bien que no hace ruido; y ofrecer orientaciones preciosas para vivir bien la propia existencia.
Finalmente, la capacidad de escucha y de diálogo; la familia debe ser un ambiente en la que se aprende a estar juntos, a solucionar las diferencias en el diálogo recíproco hecho de escucha y palabra, a comprenderse y a amarse para ser un signo, el uno para el otro, del amor misericordioso de Dios.
Hablar de Dios, pues, quiere decir hacer comprender con la palabra y la vida que Dios no es el rival de nuestra existencia, sino un verdadero garante, el garante de la grandeza de la persona humana.
 



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