Solo un niño pequeño

Una vida humana, a las 12 semanas de gestación

 

Ante la inminencia del inicio del debate legislativo sobre la despenalización del aborto, nos pareció interesante reproducir la Nota Editorial publicada ayer domingo en el diario La Nación

LA NACION | OPINIÓN EDITORIAL         08 de abril de 2018

Solo un niño pequeño

 

Quienes pretenden justificar la muerte de un niño, de una vida con un ADN distinto del de su madre, apelan a cifras falsas y a la deshumanización del debate

      El gobierno ha puesto sobre el tapete legislativo la discusión sobre el tema de la despenalización del aborto, eufemísticamente llamado "interrupción del embarazo" por sus partidarios. Hoy nos abruman toda suerte de teorías, falsas estadísticas, disquisiciones filosóficas, científicas, humanísticas, alegatos sobre los supuestos derechos de la mujer, planteos jurídicos sobre la imposibilidad del Congreso de legislar sobre materia constitucional sin promover la reforma de la Constitución y remisiones al Código Civil vigente.

      La ciencia y la tecnología han despejado ya añosos misterios sobre si había o no vida humana a partir de la unión del espermatozoide con el óvulo en un embrión. La fecundación corpórea y extracorpórea, al igual que los adelantos tecnológicos en 3 y 4 D que permiten ver, desde el primer momento, esa vida en crecimiento intrauterino, disiparon toda duda. La poco seria teoría de que el niño sería parte del cuerpo de la mujer y por ende esta tendría derecho a suprimirlo, ha quedado ampliamente desmentida ante estas evidencias. Razón por la que tampoco corresponde hablar de "aborto discrecional" como atribución de la madre fundada en su sola voluntad, apelando a la asistencia oficial basada en "derechos reproductivos de la mujer" que desconocen la existencia de una vida independiente.

      El análisis del ADN demostró acabadamente que el "por nacer" tenía una estructura, o mapa genético, distinto del de su papá y su mamá, aunque tomando elementos de ambos, para conformar una persona diferente. El embrión es un ser humano real, no en potencia, distinto de su madre. Esto ya al día siguiente a su concepción; no hay lugar para plantear algo distinto según la semana de evolución en que se encuentre.

      En un afán por justificar lo injustificable el debate cambió para plantear las diferencias entre ser humano y persona humana, prescindiendo del artículo 75 de nuestra Constitución, el cual, al igual que el Código Civil, dispone que la existencia de la persona humana comienza con la concepción.

      Expresamente, la Constitución Nacional prevé "la protección del niño en situación de desamparo, desde el embarazo hasta la finalización del período de educación elemental, y de la madre durante el embarazo y el tiempo de lactancia". La Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales advirtió recientemente que la legalización del aborto es inconstitucional. En ejercicio del derecho de peticionar a las autoridades, solicitó a los parlamentarios que respeten la Carta Magna y los Convenios Internacionales como la Convención Americana sobre Derechos Humanos o la Convención sobre los Derechos del Niño, que reconocen a la persona humana desde su concepción.

      Frente al homicidio de una madre embarazada, el derecho argentino permite a cualquier abogado reclamar daños por la muerte no solo de la madre, sino también por la de su hijo porque se trata claramente de dos personas distintas. De buena fe, no hay aquí otra interpretación posible.

El debate que se ha abierto debería proponer una reflexión seria que no se empantanara ante la verborragia ideológica, el egoísmo hedonista, las falsas estadísticas y los enfoques ideologizados cargados de un activismo peligrosamente exacerbado. Todos tenemos por delante un descarnado enfrentamiento entre la vida y la muerte que nos exige tomar posición. Toda vida vale. Entonces, ¿quién tendría derecho a dar prevalencia a una sobre otra? El tan repetido como falso argumento de las 500.000 muertes anuales de madres por causa del aborto en nuestro país, banderín esgrimido hasta el cansancio por militantes y hasta seudocientíficos, luce ya claramente inconsistente habiéndose dado de bruces con las estadísticas de la realidad.

      Sí está claro que hemos de profundizar todos los esfuerzos para que la educación sexual se extienda, para acompañar de todas las formas posibles a la mujer embarazada y para que el instituto de la adopción funcione en tiempo y forma, entre otras tantas cuestiones que deben también entrar en un serio debate que comprometa a esta sociedad activamente con la vida. Entra también en debate parlamentario, por quinta vez consecutiva, el llamado Proyecto 324 de protección a la mujer embarazada en riesgo y a su hijo. Propone una alternativa de fondo que impulsa acciones legales para garantizar los derechos preexistentes de la embarazada y del niño por nacer, brindando beneficios a la mujer para llevar adelante un embarazo seguro. El proyecto propone una tutela legal plena de la dignidad humana reflejada en la madre y el niño por nacer.

      Nada más tierno e indefenso que un bebé. ¿Cómo aceptar su existencia real y concreta en un vientre, de lo que ya no caben dudas científicas, si estamos hablando de habilitar su asesinato? Los seres humanos hemos encontrado justificación para los crímenes más horribles aunque para ello se deban tergiversar varias cosas: el lenguaje, la primera. Nadie osaría proponer algo tan políticamente incorrecto como terminar con una vida. Este bebé ha pasado así a ser "un feto", "un embrión", un mero "conjunto de células". Aunque, en realidad, solo sea un niño pequeño.

      Parece ser ese el único camino posible para que el hombre puede acabar con la vida inocente e indefensa de uno de su propia especie. Deshumanizándola.

      Si es verdad, como dice una mirada esperanzada, que el mundo asiste al nacimiento de un nuevo humanismo, con mayor sensibilidad hacia el otro cuanto más débil sea este, no dudamos de que quien mire con franqueza y corazón puro la fotografía de un bebé en desarrollo, no dudará en ver allí la imagen de un niño pequeño, claramente distinto de su madre.

Una simple ecografía del vientre de una mujer albergando una vida nos devolverá la misma imagen: la de un niño pequeño.



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