Violencia familiar

Sobre la violencia familiar

La violencia familiar es uno de los temas más preocupantes del momento. Para quienes la están padeciendo comúnmente  no les es fácil afrontarlo y comúnmente requieren ayuda.  Gracias a Dios cada vez hay más lugares o asociaciones adonde concurrir en busca de ayuda (también a través de nuestra Iglesia. .Así como se da con otras problemáticas, lo mejor es prevenir y afrontar el tema antes que ocurran desgracias mayores.  Por eso es importante que nos informemos y reflexionemos sobre este creciente flagelo que ataca a la dignidad humana.

El siguiente texto no es un artículo religioso. Es la transcripción de una nota aparecida en un diario porteño en enero de este año. Hace referencia a dos conocidos episodios de violencia familiar ocurridos en la localidad de Lincoln, en la Provincia de Buenos Aires. Creemos que puede ayudar en la reflexión y el alerta sobre este drama social.

 

(publicado en enero de 2013)

Dos chicos hermosos, Tomás y Evelyn. Los dos de Lincoln, los dos muertos a manos de las ex parejas de sus madres, los dos con medios hermanos de sus asesinos.

-El tipo era un loco. ¿Quién podía saber?

-Uno nunca sabe de quién se enamora.

-Pobre mujer, le tocó un loco. Nadie se salva de estas cosas.

Pero si la hipótesis del loco no alcanza para entender lo que sucedió, la teoría del amor ciego alcanza aún menos. Será que hoy se le dice amor a cualquier cosa. A la comodidad, a la fragilidad, al miedo, a la insolvencia. A no querer ser "la única sola", o -como rezaba el título de una telenovela mexicana de los ochenta- "la sin marido". Lo que sea con tal de ser "como los demás". Lo que sea y el que sea, así sea violento y abusivo. Todavía, y mal que nos pese, en la cabeza de muchas mujeres el imperativo de estar acompañadas se torna desesperante. A tal punto que bajo el síndrome -la maldición- de la media naranja dejan de ver lo obvio. Lo que siempre estuvo ahí.

Un niño que se moja de miedo cada vez que ve a su padrastro, como Tomás. Un hombre capaz de amenazar de muerte a sus ex mujeres, como López. Y, cuando se reacciona, ya es tarde. Siempre es tarde. ¿Que nadie podía imaginarse algo así? Ése quizá sea el punto: que cuando alguien es responsable por otro (tal el caso de adultos y pequeños) la imaginación se vuelve exigencia. De eso se trata en definitiva maternar: de ver lo que aún no está, pero podría. La famosa escena del "saquito por si refresca" tiene que ver con eso: con el amor como una forma de clarividencia. Con ver por el otro en el más literal de los sentidos. Cuidar del otro es prestarle nuestros ojos. Ser capaces de leer la tiniebla.

Según la antropóloga Helen Fisher, por caso, cierta capacidad "orquestal" en el modo en que la hembra humana procesa los datos del mundo responde, justamente, a la necesidad de cuidar de la prole. A mirar, al mismo tiempo, que el fuego no se apague, que no aparezcan predadores, que eso tan frágil -tan débil- que ha llegado a su vida no termine devorado por alguna bestia. Decenas de miles de años después se dice que hemos "evolucionado". Los crímenes de Lincoln nos recuerdan que tampoco tanto. Y hasta nos hablan de una pérdida poco mencionada: la de la capacidad de cuidar (generosa, atenta, amorosamente) de nuestras crías. Porque hubo un perverso asesino, claro. Pero -por miedo o por vaya a saber uno qué chueco sentido de la corrección política- nadie aquí parece recordar que los matadores entraron a la vida de sus víctimas de la mano de sus propias madres. ¿Significa esto hacer de ellas, también víctimas, culpables? No, pero sí distinguir entre los que pudieron elegir y los que no. Ellos, los chicos, fueron los únicos que nunca decidieron nada. Y terminaron muertos. ¿Significa esto que toda mujer separada debe renunciar al amor? En absoluto. Pero, y de nuevo, el amor debe ser alguna otra cosa. Habrá tal vez que recuperar un saber que data de los días de la caverna. Entender que el amor -ese que mira, escucha, sana y salva- es siempre con los cinco sentidos, y hasta con un sexto más. Que cualquier cosa que me necesite sólo a medias -y golpeada, y encerrada, y sola- mal puede valer la pena. Que la verdadera maldición bíblica no es otra que el mito de la media naranja. Ese que ciega a tantas, y nos hace llamar tragedias a crímenes demasiado anunciados..

Más en esta categoría: Comunicar la Fe »


volver arriba